Fortunato Luciano Herrera Garmendia (Cusco, 13 de diciembre de 1873 – Lima, 13 de abril de 1945) fue un científico, catedrático y botanista cusqueño, emblemático del siglo XX, considerado por Luis E. Valcárcel “el primer botánico peruano” (Valcárcel, 1981, p. 131) y aún hoy reconocido por muchos biólogos peruanos como una figura clave de las ciencias naturales (Franco Navia, 2010, p. 6).

En sus Memorias, Valcárcel describió a Fortunato Herrera como un hombre “simpático, suave de carácter y poco hablador. Usaba unos anteojos característicos pues era miope; cuando estaba con sus amigos se expandía alegremente, pero en general andaba callado, era modesto y bastante tímido.” Sin embargo, detrás de esa presencia modesta, Valcárcel no dejó dudas en considerarlo uno de los «verdaderos hombres sabios del Cusco de principios del siglo» (Valcárcel, 1981, p. 131).

Herrera pertenecía a una antigua familia cusqueña. Era sobrino nieto de Ramón Herrera, Presidente del Estado Sudperuano en la época de la Confederación Peruano-Boliviana (Valcárcel, 1981, p. 131). Nació en Cusco el 13 de diciembre de 1873, hijo de Francisco Manuel Herrera y La Puerta y de Juliana Petrona Garmendia Galiano. Cursó la secundaria en el Colegio Nacional de Ciencias del Cuzco, y en 1895 ingresó a la Sección de Ciencias de la Universidad San Antonio Abad del Cusco (hoy, UNSAAC) (Franco Navia, 2010, p. 2).

Su formación universitaria no se limitó a la vida estudiantil. El 19 de septiembre de 1897, aún como estudiante, se incorporó al Centro Científico del Cuzco, convirtiéndose en secretario de su primer consejo directivo (Boletín del Centro Científico del Cuzco, 1898, p. XI). A través del Boletín de dicha institución publicó sus primeros trabajos sobre botánica, entre ellos estudios sobre yacimientos mineralógicos en las cabeceras del río Paucartambo (1898) y un fósil notable (1899).

En 1900 obtuvo el grado de Bachiller en Ciencias Naturales con una tesis titulada Ensayo etnográfico acerca de una rama de la raza quechua: Chinchero, publicada en 1902 bajo el título «Chinchereños» en el Boletín del Centro Científico del Cuzco (Tamayo Herrera, 1980, p. 163). Ese trabajo, a pesar de haber sido publicado dentro de las Ciencias Naturales, demostró que, como señalaría después Valcárcel, «desde muy joven se dedicó a los estudios de carácter social» (1981, pp. 131-132).

En 1903 fue nombrado profesor y subdirector del Colegio Nacional de Ciencias del Cuzco. El 28 de octubre de 1905 se casó con Raquel de la Barra Ugarte. En 1911 obtuvo el título de Doctor en Ciencias Naturales con la tesis Coordenadas Geográficas de la ciudad del Cusco y de algunos lugares importantes del departamento (Herrera y Garmendia, 1911). Al año siguiente, a raíz de la gran huelga universitaria de 1909, que condujo a la reforma de la UNSAAC impulsada por el rector Albert Anthony Giesecke, Herrera fue incorporado como catedrático de Botánica en 1912, cargo que desempeñó hasta 1929, cuando consiguió el titularato de Botánica General, Descriptiva y Geobotánica (Franco Navia, 2010, p. 3; Valcárcel, 1981, pp. 131-139).

En 1925 fundó y dirigió el Museo de Historia Natural del Cusco, que sigue siendo parte del patrimonio cultural de la ciudad, alojado en la Plaza de Armas. En 1929 fue nombrado Rector de la UNSAAC, cargo que desempeñó hasta 1933 (Vargas, 1944, p. 7-8). Ese mismo año se trasladó a Lima, donde fue incorporado a la Facultad de Ciencias de la Universidad de San Marcos y donde dictó la cátedra de Fitografía y asumió la jefatura del Seminario de Botánica. Entre 1933 y 1934 fue Director General interino del Museo Nacional, y entre 1935 y 1941 ocupó la jefatura del Departamento de Historia de dicha institución (Vargas, 1944, pp. 6-9).

Aunque hoy es celebrado principalmente por su labor pionera en la botánica peruana, sería un error reducir su legado únicamente a esa disciplina. A lo largo de su carrera, publicó sobre arqueología, geografía, historia y etnografía además de botánica. Una evaluación fiel del legado de Herrera es inseparable de su compromiso social y etnográfico, un compromiso que se hace visible desde los inicios de su carrera académica, con su tesis de bachiller (Tamayo Herrera, 1980, p. 163).

Para apreciar la originalidad de esta obra, conviene recordar que, como señala Tamayo Herrera, «desde 1863 a 1904, los temas sobre la realidad indígena brillan por su ausencia» en las tesis universitarias y revistas académicas peruanas. En ese contexto, los Chinchereños aparecen como la primera excepción que rompe el silencio sobre la llamada «Cuestión Indígena» en las ciencias sociales peruanas del siglo XIX (Tamayo Herrera, 1980, p. 163).

En este sentido no sería exagerado decir que la primera semilla de la rica historia del indigenismo en el Perú, que no germinaría hasta la década de 1920 en la obra de Uriel García, Luis E. Valcárcel, Luis Velazco Aragón y muchos otros, fue plantada por el llamado «primer botánico» de la nación, Fortunato L. Herrera, a la vuelta del siglo (Valcárcel, 1981, p. 132; Tamayo Herrera, 1980, pp. 162-184).

Aunque el resto de su carrera se movió en una dirección decididamente más botánica, sería más preciso afirmar que su interés y su paso hacia la botánica estuvieron informados por sus preocupaciones etnográficas. Como señaló Valcárcel, su «cercano conocimiento de la flora andina, así como de la manera en que los indígenas lograron dominarla, nació su admiración por el indio» (Valcárcel, 1981, p. 132).

Herrera mismo concibió su labor botánica como continuación de una tradición que él mismo se encargó de reconstruir. En las páginas de la Revista Universitaria del Cusco publicó estudios sobre los trabajos pioneros en la botánica peruana como Antonio Raimondi, Antonio Lorena y Carlos Fry. También dedicó una obra al trabajo colonial de Juan Tafalla (1937). Notablemente, también dedicó varios escritos al Inca Garcilaso de la Vega, a quien consideró el «primer botanista cuzqueño», destacando que «en lo que particularmente se ha distinguido el Inca Garcilaso es en vulgarizar los nombres quechuas de las plantas peruanas y sus sinonimias en otras lenguas» (Herrera, 1931, p. 15; Herrera, 1939). Como veremos, Herrera compartió ese mismo compromiso.

Al mismo tiempo, el trabajo de Herrera estaba enraizado en y mostraba admiración por una tradición indígena que precedía al período colonial. Una parte fundamental de su obra no solo se dedicó al registro sistemático y estudio de la flora peruana, sino también a reconocer y recuperar el conocimiento indígena de dicha flora, tanto precolonial como el que se practicaba en su época, así como sus aplicaciones medicinales y prácticas.

El hilo etnográfico de su trabajo botánico se manifiesta explícitamente en su Discurso Académico de 1919, donde definió su labor botánica como una «Botánica Etnológica» (Herrera, 1919, p. III). En dicho texto, él señaló que:

«Al herborizar en el campo, con el auxilio de algún indio conocedor de las plantas espontáneas de la localidad, he podido observar que son raras las especies indígenas que carecen de un nombre específico en quechua y las extraordinarias aptitudes de la raza autóctona para el estudio de las plantas, cuyos caracteres, propiedades y usos les son perfectamente conocidos» (Herrera, 1919, pp. IX-X).

En la misma línea, en Contribución a la flora del Departamento del Cuzco (1921), Herrera sostuvo:

«La originalidad de mi obra estriba principalmente, aparte de haber identificado no pocas especies no señaladas para este departamento, en el hecho de dar a conocer por primera vez las sinonimias vulgares indígenas con que son conocidas entre nosotros las plantas espontáneas de la región; nombres del todo olvidados en la costa, en que se han sustituido con voces españolas, o con vocablos de dialectos quechuas de los demás departamentos de la República» (Herrera, 1921, p. 7).

A lo largo de sus obras mayores como Chloris Cuzcoensis (1926), Estudios sobre la flora del departamento del Cuzco (1930) y Sinopsis de la flora del Cuzco (1941), Herrera se cuidó de registrar las plantas bajo sus nombres latinos, españoles e indígenas. A lo largo de los años, publicó frecuentemente en revistas como la Revista Universitaria (1913-1942), INCA (1923), editada por Julio C. Tello, y la Revista del Museo Nacional (1933-1940), editada por Luis E. Valcárcel. Muchos de sus artículos estuvieron dedicados al conocimiento indígena de las plantas y sus usos prácticos.

En suma, el sentido y el valor de su obra botánica se formularon a la vez dentro de un discurso regionalista cusqueñista y estuvieron motivados por uno de los factores impulsores centrales del indigenismo de su época: recuperar y revalorizar la contribución de los pueblos indígenas del Cusco al acervo científico y cultural del Perú (Rénique, 1991; Tamayo Herrera, 1980).

En sus últimos años, el Honorable Consejo Provincial del Cercado de Cusco le concedió la medalla de oro y un diploma de honor en 1940 por su contribución a la ciencia peruana (Vargas, 1944, p. 7). En 1944, una edición especial de la Revista Universitaria, órgano de la Universidad del Cuzco, revista en la que había publicado con mayor frecuencia a lo largo de su vida, fue dedicada a la obra de Fortunato Herrera. Se celebraron sus contribuciones no solo a la taxonomía y la botánica cusqueña, sino también a sus compromisos históricos, arqueológicos y educativos a lo largo de las décadas (Vargas, 1944).

Poco después, el 13 de abril de 1945, Fortunato Herrera falleció en el Hospital Dos de Mayo de Lima. Según Valcárcel, el Mariscal Benavides concurrió a visitarlo en su lecho de muerte, lo que ilustra el nivel de reverencia y respeto en que era tenido (Valcárcel, 1981, p. 132).

En las primeras líneas de su Discurso Académico, Herrera habló de «La Naturaleza» como la «fuente fecunda de bienestar para el hombre, manantial inagotable de recursos para todas las necesidades de la existencia» (Herrera, 1919, p. III). En un mundo donde la flora del Perú, de la cual numerosas especies llevan su nombre hasta el día de hoy, se ve amenazada por el cambio climático y las prácticas extractivas, debemos recordar a Fortunato Herrera y su botánica etnológica, nacida de una vocación por el mundo natural del Perú y por su inmensurable valor para la vida humana y social del país.

Existencias digitalizadas:

Publicaciones:

Publicaciones periódicas:

Correspondencia:

Referencias bibliográficas:

Franco Navia, J. F. (2010). Algunas reflexiones sobre el origen y desarrollo de las ciencias biológicas en nuestra región. Acta Biologica Herreriana, 1(1), 1-6.

Herrera y Garmendia, F. L. (1911). Coordenadas geográficas de la ciudad del Cuzco [Tesis de doctorado, Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco].

Herrera, F. L. (1919). Discurso Académico pronunciado en la apertura del año universitario de 1919. Cusco: Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco.

Herrera, F. L. (1921). Contribución a la flora del departamento del Cuzco. Cusco: Imprenta de El Trabajo.

Herrera, F. L. (1931). El Inca Garcilaso de la Vega. Primer botanista cuzqueño. Revista Universitaria: Órgano de la Universidad del Cuzco, (60).

Herrera, F. L. (1937). Juan Tafalla: Ilustre botánico español, primer catedrático titular de Fitografía en la Universidad San Marcos. Lima: Universidad Mayor de San Marcos, Facultad de Ciencias Biológicas, Físicas y Matemáticas.

Herrera, F. L. (1939). Garcilaso de la Vega precursor de los estudios botánicos en el Cuzco. Revista Universitaria: Órgano de la Universidad del Cuzco, 27(76).

Rénique, J. L. (1991). Los sueños de la sierra: Cusco en el siglo XX. Centro Peruano de Estudios Sociales.

Tamayo Herrera, J. (1980). Historia del indigenismo cuzqueño, siglos XVI-XX. Lima: Instituto Nacional de Cultura.

Valcárcel, L. E. (1981). Memorias. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Vargas, C. (1944). Dr. Fortunato L. Herrera, botánico peruano. Revista Universitaria, (87), 6-9.


Créditos: Universidad Nacional de San Antonio de Abad, Ministerio de Cultura, Biblioteca Nacional del Perú, Ibero-Amerikanisches Institut, Google, University of Texas, HathiTrust, University of California, Indiana University, University of Michigan.
Elaborador: Francis, Milan
Fecha de publicación:
8/AGO/2026